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Paneles y ponencias
Nuevas fronteras del español
La traducción del español en el ámbito del Caribe
Lourdes Beatriz Arencibia Rodríguez
Presidenta de la sección de traducción literaria de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
La Habana (Cuba).

En primer lugar, quiero agradecer a la Real Academia Española y al Instituto Cervantes, los promotores de este encuentro, el haberme propiciado un espacio en este importante fórum de reflexión sobre nuestra lengua, y en especial, a mi querida y admirada amiga la profesora doña María Teresa Cabré, que con sólido profesionalismo, proverbial sabiduría y encanto personal lleva adelante este magnifico panel que agrupa a un prestigioso grupo de colegas de España y Latinoamérica y que habrá de abordar con valentía y objetividad este tema que parece tan obvio y sencillo, pero que en realidad adquiere en nuestra época dimensiones más polémicas que nunca, sobre todo para la comunidad hispanohablante.

Creo que se debe a Jorge Luis Borges la confesión de no concebir un mundo sin libros. Declarado por un escritor que además fue traductor de primerísima categoría, me permito asumir que —como corolario— tampoco concebía un mundo sin traducciones. ¿Pero acaso la vida le alcanzó a Borges para ver con toda claridad lo que significa ser un traductor al español en el mundo globalizado independientemente de que se desempeñe en España, en América, en el Caribe, en África o en cualquier parte de un planeta donde el español ha sido una de las lenguas mayores que más espacio ha perdido, donde nuestra lengua carece de una presencia cultural y científica que contrapese las tentativas de uniformización lingüística de las nuevas tecnologías de la comunicación?

Este tema que es como un prisma capaz de ofrecer visiones o lecturas múltiples de una misma realidad con constantes y variables que se destacan o se opacan en función del ángulo de la luz y de la posición del observador, habría que analizarlo en el Caribe al menos desde dos vertientes:

La primera se refiere a la situación del español y de la traducción al español en el interior del espacio plurilingüe y pluricultural de esa zona geográfica.

Cuando me refiero al Caribe quiero acotarlo a la cuenca que incluye los bordes continentales del Golfo de las Antillas por el norte, centro y sur de ambas Américas, en razón de la dispersión enorme hacia esos bordes que ha tenido un segmento importante de la población antillana —que ya suma millones de personas—, consecuente a las interminables corrientes migratorios y de re-asentamiento y re-inserción de sus hablantes en nuevos contextos lingüísticos. Esa dispersión ha dado lugar no sólo a un permanente y singular contrapunteo entre las lenguas antillanas —con mayor pujanza entre el español, que es la mayoritaria de la inmigración— y el inglés, suplementario al que ya existe por otras razones a nivel mundial entre el inglés y todas las demás lenguas; pero también ha favorecido una permanente retroalimentación en las lenguas y culturas en contacto, sobre todo en el estado de la Florida y en las fronteras con México, donde el español ha dejado de ser en esas zonas una lengua de inmigrantes como ocurre más al norte con el yiddish, el italiano o el polaco, para devenir una lengua pidgin, criolla, especie de moderna koiné, como quiera llamársele, llamada spanglish, cuyas implicaciones políticas, económicas, lingüísticas, sociales, culturales, religiosas darían por sí solas materia de reflexión para una mesa redonda.

Digo esto teniendo presente que la lengua es el elemento patrimonial que posee mayor arraigo en los pueblos estando como está indisolublemente unida a su identidad y a los poderes propios. Me atrevería a asegurar sin embargo, que ningún autor antillano —resida o no en su país de origen— está dispuesto a cambiar de identidad y la lengua siempre ha sido el medio para expresar esa reafirmación,

También la lengua establece siempre una relación de poder y la pujanza del spanglish actualmente tiene que ver con el peso económico que ha ido adquiriendo con los años la presencia de emigrantes cubanos, dominicanos y últimamente colombianos en la Florida.

No obstante, cuando los escritores hispanoparlantes de la diáspora caribeña escriben en Estados Unidos, a la hora de elegir la lengua de sus originales, se enfrentan a una disyuntiva que tiene que ver con la recepción de su obra. Por un lado, aunque los latinos estén de moda, la literatura escrita en español quizá no tiene la misma recepción que las obras de una Julia Álvarez, por avanzar un nombre, que escribe en inglés, porque en Norteamérica, pese a la fascinación que ejerce el boom latinoamericano, y la sorprendente cantidad de personas que hablan y leen el español, la gente prefiere leer en su propio idioma y al decir de los autores dominicanos, hay un prejuicio enorme hacia la literatura traducida. Esto significa que cuando las editoriales ponen en marcha sus mecanismos de promoción para elevar las ventas, al organizar presentaciones por televisión, o explorar espacios en las revistas de gran circulación estiman que un autor que necesita traductor encarece la inversión.

Pero también está la otra cara de la moneda. Esos propios autores, cuando escriben en inglés, por lo regular se enfrentan a un rechazo en su país de origen que suele procurar marcar un distanciamiento, cuando no una ruptura, entre la producción nacional y la de la diáspora.

Lanzando una mirada a la situación del mercado interno de la traducción y la interpretación en el Caribe, que en ciertos aspectos tiene muchos puntos comunes con la del resto de América Latina, se aprecia que no es homogénea en todos los lugares. No todos los países poseen allí igual soporte social para que los mediadores lingüísticos se vean provistos de trabajo suficiente, ni en todas partes existe una infraestructura de relaciones internacionales basadas en la industria y el comercio que pueda dar lugar con cierta periodicidad a la actuación de estos especialistas de la comunicación. Algunos alcanzan una proyección suficiente para que el movimiento editorial se haga sentir, o suelen ser sede de eventos que reúnen a especialistas de otros continentes para abordar temáticas muy variadas, o de organismos internacionales a instancia regional o subregional (CEPAL, SELA, CARICOM, NAMUCAR, CDCC); en otros, los medios de comunicación ponen en circulación una masa elevada de datos extraída de fuentes transnacionales a partir del trabajo que generan las sub-sedes regionales de la UNESCO, el PNUD; o donde la ciencia y la tecnología alcanzan determinado grado de desarrollo que hace imperioso el manejo de fuentes bibliográficas y documentales producidas en varias lenguas; en algunos coexisten comunidades hablantes de más de una lengua (Curaçao, Surinam); por ejemplo en las zonas antes señaladas de Estados Unidos donde a causa del trasiego migratorio desde zonas fundamentalmente hispanohablantes, se ha producido un crecimiento exponencial del mercado para el traductor jurado y el intérprete de tribunales vinculado a acciones judiciales consecuentes al fenómeno de la inmigración.

Temáticamente, son las ciencias sociales, junto con la literatura, lo que más se traduce en el Caribe y hay una gran penuria en materia de unificación terminológica en las disciplinas científico-técnicas en lengua española, un terreno donde el traductor latinoamericano tendría mucho que trabajar.

Aparecen también agencias dedicadas a la contratación y colocación de intérpretes y traductores en los mercados nacionales e internacionales, hay entidades que prestan servicios de conferencias como el Equipo de Servicios de Traductores e Intérpretes de Cuba (ESTI), o SOL de Niherst, Trinidad y Tobago. Se construyen Palacios de Congresos, centros de convenciones como el de Barbados (la red de los World Trade Centers) y se equipan salas con instalaciones para interpretación simultánea en los principales hoteles vinculados a una nueva actividad: el turismo científico o turismo de conferencias.

En la región han empezado también a operar acuerdos importantes como el NAFTA suscrito entre Méjico, Estados Unidos y Canadá que genera un volumen de información considerable en una comunidad trilingüe al igual que otros mecanismos de integración económica como la Comunidad de Estados del Caribe que celebró su primera reunión en la cumbre a nivel de jefes de Estado o Gobierno en agosto de 1995, en Trinidad y Tobago, donde se hizo hincapié en temáticas tan importantes para la región como el transporte y el turismo, lo cual confiere nueva vigencia al proyecto subregional sobre las barreras lingüísticas en el Caribe y las Antillas en un contexto más amplio y emergente. Este heterogéneo panorama incide en las necesidades de formación de los mediadores en cada lugar prefigurando los planes de estudio en los centros docentes nacionales.

La creación intelectual de los hispanohablantes caribeños suele tener dos grandes destinatarios: Europa y Estados Unidos y las traducciones al español, van fundamental aunque no exclusivamente a Estados Unidos y España. Existe también un mercado editorial más reducido en sus vecinos de América Latina. España es la nación con más índice traductográfico. Produce más de 50 000 títulos anuales, de los cuales unos 9 000 son traducciones, lo que coloca a ese país en el tercer lugar de la edición y el primero de la traducción. Este solo fenómeno hace de la lengua española uno de los destinatarios más amplios de nuestro entorno internacional en cuanto a la traducción.

Ahora bien, al referirme al trabajo del traductor profesional caribeño quiero hacer hincapié en la corriente que destaca la importancia de la traducción cultural, es decir, la que hace un énfasis particular en la transferencia a la nueva cultura de todos o al menos de la mayor parte de los elementos culturales del original, y en tal sentido quería hacer algunos comentarios sobre la relación lengua / traducción / cultura, pasando a través del vínculo particular entre la historia y la literatura, por el peso tan grande que ha tenido para las culturas de la región.

La utilización que hacen autores caribeños como René Depestre o Nicolás Guillén del español o del francés subraya cómo la lengua se muestra en la literatura como lugar de conflictos y escenario de la tensión entre una escritura que expone el universo del colonizador y la oralidad que llena de ruidos significativos el sistema lingüístico oficial.

En el plano de la lengua, la inserción de voces en créole, inglés y francés en los textos en español adquiere un significado particular porque contribuye a enraizar los relatos en la cuenca antillana y a hacer de la multiplicidad lingüística y de la fragmentación cultural de la región heredada del colonialismo, un tema subyacente en los intertextos. Esto quiere decir que, para el traductor al español que explore las relaciones entre lengua e identidad en la cultura caribeña francófona, por ejemplo, es impensable pasar por alto que la oralidad se expresa en créole y la escritura en francés, lo cual ya lleva implícita la doble traducción.

Refiriéndome ahora a la labor de difusión que se ha realizado en la región a favor de la literatura caribeña, iniciado en la década de 1960, cabría señalar que por el volumen y la calidad de los textos publicados y traducidos, puede afirmarse que Cuba ha sido el mayor promotor en el ámbito iberoamericano de esta importante y aún poco conocida producción literaria, con arreglo a lineamientos muy precisos:

  • La mayoría de los traductores han sido poetas o escritores.
  • Una buena parte de los títulos publicados son la primeras traducciones al español que se ha hecho de esa literatura y también las primeras versiones a un idioma diferente del original.

Ese meritorio esfuerzo de traducción al español no sólo ha contribuido a poner en contacto a los lectores hispanoparlantes con esas ediciones —y estamos hablando de una población que cuenta con cientos de millones de lectores potenciales— sino que toca de lleno a un fenómeno de alcance mayor y que es característico de las culturas de esa región.

En la literatura caribeña, donde se produce un corte tan marcado entre la escritura y la tradición oral, las propuestas de los autores han contribuido no sólo a la preservación de la memoria, sino el manejo del olvido, y la tarea del traductor pasa necesariamente por la investigación de la relación tan poco trabajada entre la historia oral, la escrita y la ficción y explora las formas en que la historia y la cultura de la oralidad se convirtieron en una parte de la historia escrita y de la literatura.

En el Caribe, se puede marcar la historia por las efemérides y seguirse sin recuperar la historia. Han sido los escritores caribeños y sus traductores quienes han desempeñado un papel fundacional en la validación de la historia de los pueblos de la región. La historiografía de Guadalupe por ejemplo, está en su literatura. De otra manera, apenas existe. Los mejores testimonios que tenemos para estudiar la figura y el contexto histórico de Toussaint L'ouverture habría que ir a buscarlos en las novelas de Alejo Carpentier. El escritor decimonónico José Antonio Alix, en el diálogo cantado entre un guajiro dominicano y un Papá bocó haitiano en un fandango de Dajabón, proporciona la fuente para el estudio de la cultura de Santo Domingo. De manera que muchos autores ponen de manifiesto las posibilidades de la memoria histórica subyacente y explotan las formas en que la narrativa lleva a primeros planos la parte secreta de esa memoria, fundamental para entender la identidad cultural antillana. La utilización de las fuentes orales no sólo propicia la recuperación —con una visión más antillana que la de los propios historiadores— de la historia de la revolución de 1789-1802 en Guadalupe y en Martinica y la definitiva abolición de la esclavitud en 1848, sino también la recuperación para la historia y la cultura de ese pueblo y de toda la región de personajes epopéyicos de la resistencia como Palerme y las esclavas Nanny y Solitude que el mundo occidental sencillamente ignora.

Creo que esa producción ya en el 2001 reclama un espacio que trascienda el ámbito regional y patentice su vocación de modernidad y de universalidad, pero sobre todo que propicie una comunicación mayor orientada a la conquista y la ocupación de ese espacio. Pero, ¿está realmente preparada la propuesta caribeña para dar ese salto tal como está organizada la socialización de la información y las industrias de la lengua en el mundo occidental? ¿Cómo encaja el Caribe y sus traductores en la comercialización de los conocimientos, los datos, la lengua, la traducción, el entretenimiento; en suma, de la cultura en el nuevo paisaje de la globalización, no sólo en términos filosóficos, sino en sus consecuencias prácticas? Precisamente a eso se refiere el segundo aspecto del tema que nos ocupa.

Nuestro segundo capítulo atañe a la posición del español y al papel y las perspectivas de la traducción a la lengua española en el espacio universal desde el Caribe, sus retos y sus limitaciones.

El tema hay que enfocarlo sobre todo y fundamentalmente a partir de los cambios irreversibles que se han operado en el tratamiento de la información y de la cultura —devenida en industria con rango económico de primera magnitud— y una de las que, junto con las telecomunicaciones y la informática, concentra en más alto grado la producción, distribución y comercialización de bienes y servicios culturales y lingüísticos, pasando por las nuevas tecnologías de la comunicación.

El resultado es una nueva civilización, una nueva economía basada en el conocimiento y los lenguajes que da paso a un proceso de diversificación del mercado de trabajo para traductores e intérpretes vinculados al audiovisual y a las comunicaciones en actividades como: la radiodifusión —donde se emiten cada vez más programas destinados a una audiencia multilingüe—, el doblaje y la traducción de guiones y materiales para el cine, la televisión, el video, la traducción de programas de software, la transcripción de grabaciones en cinta y en casetes, los bancos de terminología, los centros de documentación, las publicaciones seriadas bilingües, etc.

El intercambio de información de muy diverso carácter genera cierto volumen de materiales por traducir que alimentan sistemas de traducción automatizados. Se produce un cambio en las exigencias de traducciones que no están destinadas a «lectura rápida o se consideran informaciones de primera mano», como las que brindan las máquinas computarizadas, haciéndose patente la necesidad de formar más integralmente a los traductores-intérpretes orientados hacia la ciencia y la técnica y familiarizarlos con nuevas técnicas conexas que suponen su recalificación en el uso y manejo de dictáfonos, computadoras, miniprocesadores para el tratamiento de textos, diccionarios automatizados, CD-ROM, traductores automáticos, sistemas de interpretación simultánea de mayor versatilidad.

En suma, la relación entre comunicación y sociedad adquiere una nueva dimensión para la profesión. Pero las ventajas de esas tecnologías de la comunicación son ajenas al usuario promedio de la región acentuando su marginalización por falta de recursos y de acceso, y su aprendizaje y manejo tampoco interviene en los programas regulares de formación de traductores e intérpretes.

Pero hay algo peor. Las actuales transformaciones no han medido las consecuencias que el cambio tecnológico tendría para unos cuantos millones de analfabetos y subescolarizados en el Caribe y América Latina.

Indiscutiblemente resulta muy tentador el acceso autónomo a las bases de datos, y la exploración del contenido temático de cientos de sitios web que propicia Internet. Pero la envoltura atractiva y novedosa de la oferta esconde realidades engañosas que pasan por el control de la lengua y tiende a anular toda visión crítica del mensaje extranjero y a procurar que los usuarios acepten sin cuestionamientos los mensajes propuestos. La vocación por la información permite atenuar cualquier inquietud crítica.

Lo cierto es que el descontrol que impera en el mercado del audiovisual y la ausencia de límites en la transmisión y el contenido de los mensajes con frecuencia es denigrante para la herencia cultural de los países menos desarrollados del mundo hispanohablante. Las traducciones que suelen circular en el Caribe del audiovisual de factura norteamericana por ejemplo, no sólo empobrecen y contaminan la lengua española, difunden una estética del lenguaje vulgar, desenfadado y soez y borran las fronteras entre la lengua culta y popular, sino que legitiman un tratamiento prejuiciado y discriminatorio y una imagen maniquea del latino o del negro antillano en contraposición con la del occidental inteligente, preparado y eficiente. La descripción del hombre paradigmático, consumidor de la civilización de la informática —angloparlante por supuesto— que acuña la película Wall Street —cuando afirma que todo es cuestión de «genética, un buen traje y una buena educación», como si se tratara de un problema de ingeniería y de clonación— intenta promover una sola versión predominante de la lengua y la cultura con arreglo a intereses planetarios y esconde el impacto socioeconómico de los intentos de uniformización que justamente son contrarios a la vocación de alianza y complementariedad pluricultural coexistentes en un mismo espacio geográfico para que los pueblos del Caribe se asuman a sí mismos y afirmen sus diferencias, que es la característica y riqueza de la región.

Definitivamente pues, no cabría hablar de integración en plano de la lengua para el Caribe, sino de lograr una correlación de fuerzas lingüísticas equilibrada que no desconozca la necesidad real que tienen los hablantes de lenguas o de grupos lingüísticos minoritarios de la región de servirse de otra de utilización mayor en sus relaciones comunicativas extracomunitarias.

Pero en el entendido que los motivos de esa decisión están en relación directa con la frecuencia de utilización de determinadas lenguas, con el acceso al espacio editorial de los creadores que indiscutiblemente facilita y con la cantidad de hablantes que puede alcanzar en uno u otro caso, porque está claro que la opción de traducción al español o a inglés que son las lenguas de los posibles destinatarios de esos bienes culturales dentro y fuera del espacio antillano justifica, sin propósitos discriminatorios, la utilización prioritaria de estas dos lenguas.

No voy, pues, a referirme al manido tema del terreno que ha ganado por esta y otras vías el inglés como lengua franca. Otros colegas lo harán en este fórum con mucha más competencia que yo. Está claro que el proceso de imposición de una determinada lengua como acto de hegemonía con el consecuente empobrecimiento de otras amenaza el patrimonio cultural de los pueblos del Caribe, porque nadie ignora hoy día que en el diálogo universal el que controla la lengua controla el debate. Y la fusión en el plano de la lengua no es sino una parte de la fusión en el plano de la economía y los mercados, y de la fusión en el plano de la cultura para condicionar un gran conglomerado humano comprador de productos, ideas e imágenes, dentro de los límites de la aldea global. De manera que está claro que esa voluntad de fusión de los gigantes de la comunicación que ya operan por encima de los gobiernos, aprovechará para fundir también en América Latina y el Caribe el complejo del colonialismo interno con el globalismo externo para operar en nuestro continente, una vez más y por segunda vez, en nuestra historia un gran proceso de transculturación que ya dio al traste hace siglos con la mayoría de nuestras lenguas aborígenes. ¿Estará el español también condenado ahora a sufrir los embates de la mundialización del inglés?

Se trata de una situación que no hay que verla con pesimismo, sino con suficiente inquietud, para que podamos todos, como comunidad hispanoparlante, desarrollar en la lengua y la cultura hispánicas una actitud selectiva y re-creadora de lo foráneo. Y la traducción puede contribuir ciertamente a ello y de manera muy eficaz. Pero sobre todo, el momento exige con urgencia la formulación de políticas nacionales y una investigación a fondo sobre la nueva naturaleza del audiovisual, y las ventajas y desventajas para nosotros de las tecnologías de la comunicación para poder rechazarlas, aceptarlas e incorporarlas con plena responsabilidad y beneficio. Y una reunión como ésta es el sitio y la ocasión ideales para lanzar este llamado. Porque las instancias que cuentan con recursos para financiar estos estudios justamente velan porque no se aborden problemas especiales, cuestiones de identidad y soberanía. En tal sentido, hago un llamado para que los fondos que se recauden para la promoción y el desarrollo de la lengua y la cultura hispánicas según una iniciativa lanzada en Zacatecas, logren una mejor y más transparente gestión a partir del establecimiento de mecanismos que propicien un acceso mayor y más directo de aquéllos a quienes les están efectivamente destinados.

Permítaseme terminar evocando nuevamente la idea de Borges que retomé al principio. Es cierto que no se concibe un mundo sin libros y sin traducciones. Sólo que la galaxia de Gutenberg anda en el ciberespacio.


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