
Reviste un especial interés el estudio sobre la recepción de obras científicas y sobre el establecimiento de su situación histórica. Calibrar el impacto que éstas tuvieron en el tiempo en que nacen y que aún tienen en el tiempo en que desgastan su herencia, constituye materia primordial en la edificación de la historia de una disciplina científica cualquiera. Si pensamos en la historia del quehacer lingüístico, este estudio adquiere carácter de imprescindible por la infrecuente relación entre significación y aceptación en los dominios de la investigación lingüística. En otras palabras, la aún débil parcela de la historiográfica lingüística ha propiciado que el abordaje de las producciones no tome en cuenta la presencia o la invisibilidad con las que se las trata en los repertorios históricos dedicados a la descripción, evaluación y significación de estas producciones. Más aún, la relativa pubertad de la historiografía lingüística ha postergado la inclusión de la noción de recepción en el diseño de una moderna ciencia del lenguaje.
Teniendo en cuenta estas carencias y estas necesidades, ofreceremos en este momento algunas ideas en torno a la recepción científica de la obra lingüística de Andrés Bello. Para ello, exploraremos en una doble dimensión la implicación que este autor tuvo con la historia de la lingüística, tanto en su faceta de historiógrafo, en la de autor reseñado en las historias generales de la lingüística y en la historiografía de la lingüística venezolana. Ausencia y desconocimiento, así como presencia y valoración, serán las caras de la más notable problemática receptiva que esta investigación busca despejar, teniendo muy en cuenta la notabilidad del objeto estudiado, que esta investigación busca despejar.
Como historiador de la lingüística, Bello logró ofrecer resultados en dos renglones genéricos específicos: la confección de repertorios de revisión histórica y la crítica de obras lingüísticas, como se sabe, una de las fuentes de mayor interés en la investigación historiográfica. Ambos quehaceres hicieron de Bello un historiador de la lingüística en la dimensión doble del historiador y del crítico, del cronólogo y del censor receptivo. Los textos estrella sobre los que se sustentan estas vocaciones van a conducirlo a territorios de erudita descripción sobre los períodos más lejanos en la historia de esta disciplina y, además, a paisajes más contemporáneos en donde el gramático caraqueño se hace inteligente evaluador del trabajo de sus colegas más cercanos.
El historiador de la lingüística produce un texto, extenso y orgánico, en 1850. Haciéndose eco del hábito decimonónico de entender por «literatura», tanto la creación literaria como su estudio lingüístico y crítico, en la más pura filología tradicional, lo ha titulado: Compendio de la historia de la literatura. Compuesta por tres partes: «Literatura antigua de Oriente», «Literatura antigua de la Grecia» y «Literatura latina», fueron publicadas, en vida de Bello, sólo las dos primeras, formando un volumen de 88 páginas y teniendo la Imprenta Chilena, de Santiago de Chile, el cometido sobre su publicación. La última parte aparecería, curada por Miguel Luis Amunátegui, en la edición chilena de las Obras Completas (1881-1893) del sabio.
El sumario de temas e intereses de estudio que esta obra recorre no puede sino servir para vincular a Bello con dos de las corrientes de investigación filológica más productivas de su tiempo. Por una parte, el orientalismo y la filología comparada, cuerpo doctrinario de primer orden en la formación de la ciencia del lenguaje, y, por otra, el helenismo y el latinismo, moderna respuesta a la vieja filología clásica que, en paralelo con sus hermanas de Oriente, buscará congeniar sus intereses con el avasallador radio de acción del comparatismo durante el siglo XIX1. Así, lengua y literatura de la India, Egipto, Babilonia, Caldea, Asiria, Fenicia, Persia, Arabia y China entrarán en un diálogo, temprano o tardío en el tiempo, con la literatura griega en las seis épocas con las que Bello quiere entender su devenir histórico: I. Desde el origen hasta la ruina de Troya; II.Desde la caída de Troya a los tiempos de Solón; III. Desde Solón a Alejandro Magno; IV. Desde la muerte de Alejandro a la destrucción de Corinto, en el siglo segundo antes de Cristo; V. Desde la destrucción de Corinto hasta la era de Constantino; y VI. Desde Constantino a la toma de Constantinopla por los turcos el año 1453; y con la literatura latina en, por su parte, las tres etapas de su desarrollo: I. Desde la fundación de Roma hasta el fin de la primera guerra Púnica; II. Desde este último momento hasta la muerte del dictador Sila; y III. Desde la muerte de Sila hasta la muerte de Augusto, el año catorce de la cristiandad.
La lectura historiográfica de este complejo esfuerzo de síntesis y reconstrucción lingüística y literaria exige algunos comentarios para hacer comprensivas las intenciones del autor y, más aún, para permitir ordenar algunos de sus alcances. Sobre la idea bellista de que «literatura» es, en fraternidad indivisible, lengua y literatura, la primera nota que resalta es la del criterio cronológico estricto que el autor se impone. Para cada una de las tradiciones filológicas estudiadas, especialmente para Grecia y Roma, no deja espacio para ningún silencio histórico. Momento a momento intenta ofrecer resultados en referencia a principios, caracteres, autores y obras que los ejercen y desarrollan. También, la impronta de sus análisis asume que los recorridos deben establecerse sobre la pauta dictada por los géneros escriturarios y científicos de cada período: drama, historia, oratoria, filología, estética, elocuencia, geografía, poesía, novela, fábula, sátira y antigüedades, son algunas de las categorías genéricas con las que Bello quiere auspiciar la comprensión de las literaturas universales mayores.
Particular interés, como asimilación de los postulados de la lingüística comparada, revestirán los capítulos dedicados a las literaturas orientales. Especial brillo, en esta consideración, tendrán sus observaciones y análisis en relación a la lengua sagrada de la India: el sánscrito. Bello, en sintonía con la ciencia de su tiempo y con sus cultores más perdurables, ofrecerá más de una referencia que lo acerca a los principios de la gramática comparada; él, que será un defensor de la gramática particular. Si bien la formación de Bello navegará las aguas del empirismo y de la lingüística cartesiana (como han demostrado los estudiosos sobre las fuentes de su pensamiento: Amado Alonso, Juan David Gracía Bacca, Arturo Ardao, Barry L. Vellemann y Emma Gregores), su concepción de la gramática se irá desligando de estos enclaves para hacerse cada vez más particular (en la idea de que sólo nos es posible entender el genio de la lengua que hablamos) y, en consecuencia, quedará asociada a una propuesta que subyace en el comparatismo lingüístico: puedo comparar una lengua con otras, si conozco en profundidad la estructura gramatical de cada una de ellas en particular. El universalismo lingüístico y la gramática lógica y racional, en suma, no sirven para alcanzar este cometido.
Deslumbrado por el sánscrito, como Franz Bopp y Wilhelm von Humboldt, dirá: «El Indostán fue probablemente la cuna de la civilización antigua. Su primitiva lengua fue el sánscrito, que se apropiaron después los brahmanes; lengua que, según el juicio de los más sabios orientalistas, no tiene igual en su composición, en su vasta y fecunda flexibilidad. La mayor parte de los idiomas europeos se refieren a ella, como a su tipo original» (Bello 1981: IX, 5-6). Nace, gracias a esta última idea, el indoeuropeista que asume como propio el principio de la comparación que le permite sancionar las relaciones de paternidad y de filiación entre las lenguas indoeuropeas y las modernas lenguas de Europa.
Como método de investigación, subordinará, en este caso y en los relativos a las otras tradiciones culturales estudiadas, las manifestaciones literarias a las lenguas de la que son ofrecimiento estético: «Los libros más antiguos, en lengua sánscrita, son los Vedas, colecciones de preces, himnos y mandamientos; los puranas, laberinto inmenso de leyendas teológicas y cosmogónicas; y el código de Manú, tratado completo de moral, que contiene la doctrina poética de la divinidad, la creación, y los espíritus» (Bello 1981: IX, 9).
Además, Bello transitará las fuentes principales de la investigación sánscrita: William Jones, Freidrich von Schlegel y August Wilhelm von Schlegel, en un espacio de referencia que sólo habla del moderno pensamiento germánico de la lengua y la cultura (una hermosa cita de Herder corona esta asociación); muy probablemente conocidas por Bello durante sus jornadas de estudio en la Biblioteca del Museo Británico, en Londres.
El tratamiento historiográfico puesto en marcha para las otras tradiciones reconfirma idéntico proceder y, notablemente, idéntico dominio de las fuentes lingüísticas hegemónicas por las que Bello siente admiración y por las que desgasta sus aciertos críticos. Recorre la lengua y literatura de Egipto, Babilonia, Caldea, Asiria y Fenicia en un escueto capítulo en donde los protagonistas serán los problemas sobre los jeroglíficos y los alfabetos. En torno al persa, no deja de ocuparse del zendo como su lengua sagrada en la que observa paralelismos con el sánscrito y el germánico. Bello no repite la confusión proveniente de los libros del Zend-Avesta que instaló la idea de que se trataba de una misma lengua, cuando en realidad lo era de dos bien diferenciadas: el zendo y el avéstico. Aunque no hace referencia expresa a los trabajos de Abraham-Hyacinthe Anquetil-Duperron, el divulgador mayor de estos estudios en la segunda mitad del siglo XVIII, es muy probable que los hubiera tenido como cabecera de estas reflexiones. Sobre el árabe, gestiona una inusual y eruditísima referencia al indoeuropeista William Jones, ahora en su rol de arabista, en torno a una traducción que adelanta sobre los Mohallakhats. Así, el largo capítulo sobre el hebreo le permite hacerse eco de algunos planteamientos sobre la armonía y sencillez de esta lengua para la que recomiendo sólo estar provisto de una buena gramática y del Viejo Testamento. También, una cita de Schlegel abre derroteros sobre la fuerza divina que potencian las Sagradas Escrituras. Finalmente, este Bello historiador de la lingüística se permite comentar sobre la lengua china en tenor poco elogioso hacia sus delicias. La cree sin flexibilidad, sin movimiento y sin colorido, aunque sí poblada de rasgos menudos e incidentales que la determinan como fina pintura verbal (Bello 1981: IX, 11-35).
En cuanto a la faceta crítica, desarrollará una de las labores fundadoras en la metalexicografía del continente al ocuparse de dos de los diccionarios capitales en la lexicografía hispánica del siglo XIX: el DRAE, en su novena edición y el Diccionario de galicismos2, de Rafael María Baralt. Publica, en 1845, unas breves notas sobre el diccionario académico, manifestándose entre los que «aprecian los trabajos de la Academia Española», pero, asimismo, se hará firme en la pesquisa de sus incoherencias. En este sentido, sus observaciones al Diccionario de la Real Academia Española siguen teniendo vigencia, hasta para el descargo de sus realizadores: «[...] nuestro propósito, que era hacer algunas observaciones sobre el Diccionario de la Academia, en que, según dijimos arriba, se conservan todavía tradicionalmente algunos errores; sin duda porque en una obra tan vasta es imposible revisar artículo por artículo»3. En el segundo caso, la aproximación a uno de los primeros diccionarios de galicismos del español resulta una magistral oportunidad para ordenar algunas ideas sobre el purismo lingüístico y sobre la visión mesurada de la lingüística frente a las novedades que la lengua impone. Bello encomia y castiga por igual los enfoques de Baralt: «Éste es un libro que hacía falta en los países castellanos de uno y otro hemisferio»; pero, también «que el señor Baralt se sale una que otra vez de los límites propios de una obra como la suya»4.
El estudio de la relación entre Bello y la historia de la lingüística no quedaría completo sin la consideración sobre la recepción que sus ideas y su aporte han tenido en la historiografía de la disciplina. En este sentido, habría que indagar en la doble perspectiva de la historiografía general de la lingüística y en la de la historiografía venezolana de la lingüística.
En la primera de ellas, cuya actividad busca ofrecer los resultados y las relaciones que hacen claros los procesos de crecimiento sistemático de la historia general de la ciencia del lenguaje, el nombre de Bello, curiosamente, no existe y la evaluación de su obra es un asunto nunca planteado. Sin que —creemos— nada deliberado o ideológico parezca estar detrás de esta situación, resulta llamativo asentar el silenciamiento en que la historiografía de la lingüística ha tenido al más grande de los lingüistas hispanoamericanos de todos los tiempos y a uno de los más determinantes en la lingüística mundial e hispánica.
Los textos canónicos en la historiografía moderna han pasado por encima de nuestro autor haciendo de él un olvidado o un inadvertido. Es así como un recorrido por los autores más viejos y más nuevos en los estudios históricos sobre la lingüística indica que éstos no han tenido reparos en obviar la obra enorme del gramático venezolano y el rico cuerpo doctrinario que le sirve de asiento. Más aún, además de las ideas gramaticales de Bello, su pensamiento historiográfico sobre la evolución de los estudios sobre las lenguas ha quedado, también, al margen de toda inspección.
Si entendemos que la tradición gestada por estos estudios queda trazada por la peripecia científica de estudiosos como Wilhelm Thomsen (Historia de la lingüística, 1902), Holger Pedersen (Linguistic Science in the 19th Century, 1931), Iorgu Iordan (La lingüística románica, 19325), Maurice Leroy (Les grand courants de la linguistique moderne, 1963), John Lyons (Introduction to theoretical linguistics, 1968), Hans Arens (Sprachwissenschaft. Der Gang ihrer Entwicklung von der Antike bis zur gegenwart, 1969), Tristano Bolelli (Per una storia della ricerca linguistica, 1965), Demetrio Gazdaru (¿Qué es la lingüística?, 1966), Bertil Malmberg (Los nuevos caminos de la lingüística, 1967; «Breve compendio de la historia de la lingüística» en Introducción a la lingüística, 1982), Georges Mounin (Histoire de la linguistique dès origines au XXe siècle, 1967), Mario Pei (Invitación a la lingüística, 1970), R.H. Robins (A Short History of Linguistics, 1974), Peter Schmitter (Untersuchungen zur Historiographie der Linguistik, 1982), Herbert Ernst Brekle (Einfürung in die Geschichte der Sprachwissenschaft, 1985) y E.F.K. Koerner y R.E. Asher (Concise History of the Languages Sciences from the Sumerians to the Cognitivists, 1995), nada tiene que buscar el Bello lingüista en estos espacios, inexplicablemente cerrados para él. Los historiadores mencionados forman, como se sabe, el cuerpo tradicional más sólido de investigaciones y reflexiones sobre la evolución de la lingüística. Entendiendo en algunos de ellos el carácter fundador de sus textos y, por esta razón descargándolos de la obligatoriedad de hacer referencia rigurosa de todas las tradiciones de estudio, se hace impostergable, sin embargo, plantear un cuestionamiento en relación al olvido, probablemente por desconocimiento y falta de rigor, de la situación que Bello ocupa en el panorama de los estudios lingüísticos durante el siglo XIX y de la fuerza conductora que tendrán los principios de su doctrina, tanto en vinculación con la lingüística hispánica, hispanoamericana y venezolana, como, agudamente, con la lingüística general de naturaleza internacional. No encontramos en los tratados históricos de estos grandes y estimados investigadores, ni una sola mención, ni una sola referencia bibliográfica, ni una leve consideración, que, apenas, pudieran propiciar el entusiasmo de otros estudiosos o la búsqueda amorosa de futuros investigadores.
Un descargo de esta situación, a la espera del recuento que haremos seguidamente en torno a los aportes del Bello lingüista en el mundo hispánico, es la que nos ofrece Hans-Martin Gauger, catedrático de la Universidad de Freiburg, en su estudio: Introducción a la lingüística románica (1981), publicado en traducción española por la Editorial Gredos, en 1989. En el capítulo dedicado a la «Prehistoria de la lingüística románica», luego de hacer el balance de lo que debe la lingüística a la celebradísima e influyente Gramática de Port-Royal, de Antoine Arnold y Claude Lancelot, seguida desde 1660 hasta el siglo XIX, en que el comparatismo y el particularismo gramaticalistas la hacen pasar a retiro, va a referir Gauger la fractura que la Gramática de la lengua castellana (1847), de Bello, va a significar en la fragua de los estudios gramaticales modernos. Más aún, el investigador alemán dará entrada a una reflexión sobre la inadvertencia en que los tratados europeos tendrán esta obra maestra y magistral de la lingüística americana y venezolana: «Por lo que se refiere a los siglos XVII y XVIII, hemos hablado solamente de Francia: de hecho, en esta época Francia predomina también en el campo de la gramática. En Italia, España, Portugal (de Rumania no se podía tratar todavía) se seguía el modelo francés. Pero se puede citar, al menos, una excepción: la Gramática de la lengua castellana del venezolano Andrés Bello, publicada en 18456, que quedó fuera del influjo de la evolución en Europa: una obra de gran finura y sutileza, de probrada solidez y originalidad, en cierto sentido la mejor gramática del español» (Gauger 1989: 62).
Un poco antes, el lingüista rumano Eugenio Coseriu había destacado algunos aportes en un trío de anotaciones en sus trabajos historiográficos compilados en su libro Tradición y novedad en la ciencia del lenguaje. Estudios de historia de la lingüística (1977). La primera de ellas queda domiciliada en su ensayo sobre «Amado Alonso (1896-1952)» (1953), escrito a un año de la muerte del filólogo español; mientras que las dos últimas lo están en su nutritivo estudio historiográfico: «Panorama de la lingüística iberoamericana (1940-1965)» (1968). Coseriu va a privilegiar la figura de Alonso en una dimensión de superación de los aportes de Bello y de Cuervo a la historia americana de los estudios sobre el lenguaje: «En la historia de la lingüística en América, la figura de Amado Alonso podrá alcanzar y, bajo algunos aspectos, hasta superar, quizás, las grandes figuras de Bello y Cuervo, porque la actividad de éstos —siempre notable y valiosa y muchas veces genial— no ha podido tener toda la trascendencia que ha tenido la suya: ellos no llegaron a crear un gran centro de estudios y no lograron fertilizar para la semilla lingüística un terreno tan vasto como el que nos ha legado Amado Alonso» (Coseriu 1977: 261-262). Bello aparece a la cabeza en la estirpe de los más grandes nombres continentales de la lingüística. Coseriu desarrolla la tradición de la lingüística americana en torno a cuatro figuras tutelares, en donde el primer escaño científico lo constituye Bello, al que acerca a lo genial: «La tradición científica de la lingüística hispanoamericana puede, en efecto, reducirse a cuatro grandes nombres: el genial gramático venezolano Andrés Bello (+ 1865), que desarrolló su actividad filológica sobre todo en Chile; el notable hispanista colombiano Rufino José Cuervo (+ 1911); el hispanista Federico [Friedrich] Hanssen (+ 1919), y el lingüista y gramático Rodolfo [Rudolf] Lenz (+ 1938), ambos alemanes que actuaron en Chile (el primero, desde 1889; el segundo, desde 1890)» (Coseriu 1977: 269). La última nota hace destacar la contradicción que supone entender a Bello como uno de los lingüistas mejor estudiados del mundo, en un marco (decimos nosotros aquí) de inadvertencia por parte de los estudios regulares de historia de esta disciplina. La observación de Coseriu, sin embargo, no deja de destacar esta notabilidad: «Frente a tal abundancia bibliográfica, cabe observar que pocos lingüistas en el mundo han sido tan detalladamente estudiados e interpretados como Bello» (Coseriu 1977: 344-345).
Sin embargo, con probada vocación bellista, serán los estudiosos venezolanos, españoles e hispanoamericanos los que ordenarán en justicia el panorama de la recepción del Bello gramático y filólogo y, en general, del lingüista y del filósofo de la gramática y del lenguaje. En esta idea, me atrevería a afirmar que el primer aliento receptivo provino de la tierra natal del sabio y que fue obra de su contemporáneo, el escritor Juan Vicente González, quien, ya inmerso en estas aguas, había publicado en 1841 su Compendio de gramática española, según el parecer de Pedro Grases, la primera gramática sincrónica del continente. Conocida en Caracas, después de 1847, la gramática de Bello, será González el más notable y entusiasta de sus epígonos y publicistas. Gracias al autor de las Mesenianas y a la propia jerarquía de la obra de Bello, correrá la primera generación de bellistas venezolanos. Centrados en el tópico gramatical, tendríamos que recordar, al menos, a cinco autores y sus obras: Bartolomé Milá de la Roca y su Conocimiento de los tiempos de la conjugación castellana (1856); Gerónimo Eusebio Blanco y su Gramática de la lengua castellana (1856); Jorge González Rodil, hijo de Juan Vicente González, y su Gramática para niños (1865); Pedro Castillo y su Gramática elemental de la lengua castellana según Bello y otros autores (1875); Ramón Isidro Montes y José Ramón Camejo y su Gramática castellana para escuelas primarias, según D. Andrés Bello y otros autores (sin fecha) (Pérez 1988: 19). Pronto, además, comenzarían a gestarse, no sólo un denso cuerpo doctrinario de complejo rastreo expreso o subterráneo, sino una escuela de críticos y estudiosos sobre el Bello lingüista, primer paso para su incorporación en el saldo de la historiografía lingüística nacional y continental. Tienen, aquí, mucha ingerencia autores como el zuliano Jesús María Portillo, promotor de las celebraciones maracaiberas al cumplirse el Primer Centenario del nacimiento del gramático y ejecutor de la publicación, a estos efectos: Estudios sobre el sabio venezolano Andrés Bello (1881), en la que destaca su estudio: «Andrés Bello como filólogo». También, otros autores del siglo XIX y de comienzos del XX, reseñados por Grases en su magistral Antología del Bellismo en Venezuela (1968), obra que dibuja el electrocardiograma de nuestros apegos y desapegos por Andrés Bello. Grases, consigna en ella las siguientes referencias: «Presentación de la primera edición venezolana de la Gramática de Bello» (1850), de Valentín Espinal; «Bello, gramático» (ca.1865-1871), de José Antonio Ponte; «Anotaciones gramaticales a la edición de Rufino José Cuervo» (1904), de Lisandro Alvarado; y «Bello: Maestro del idioma» (1931), de J.M. Núñez Ponte (Grases 1981).
Capítulo central en cuanto a la incorporación del pensamiento de Bello a la historia de la lingüística lo ejerce el lingüista colombiano Rufino José Cuervo, nombre mayor en la vocación continental por el lenguaje, al programar la elaboración de sus «Notas a la Gramática de la lengua castellana, de D. Andrés Bello e Índice alfabético de la misma obra» (1881), quizá el más grande homenaje que se le haya rendido al Bello lingüista y paso muy sólido para la proyección universal de sus principios gramaticales. Una mención especial es obliagada para Marco Fidel Suárez y sus bellistas: Estudios gramaticales (Madrid: Imprenta de A. Pérez Dubrull), de 1885. Otro discípulo colombiano de Bello, Miguel Antonio Caro, en el prólogo a la obra de Suárez, muy pronto, va a informar sobre el impacto continental de la obra lingüística del sabio. Apunta, a estos efectos, un conjunto de valiosas referencias españolas (como la de la edición de Francisco Merino Ballesteros), chilenas (como todas las ediciones y reimpresiones chilenas y, además, el compendio de José Olegario Reyes, de 1865) y colombianas (como las ediciones de César C. Guzmán, D.R. de Guzmán, Santiago Pérez y de R. Yori) (Caro 1885).
Abiertas ya las puertas a la internacionalización de la figura del lingüista Bello, neurálgica en la ciclópea dimensión de su obra, harán su aparición los aportes modernos en la gestión académica y científica de los estudios españoles. Ellos, es justo señalarlo, allanarán el camino para la definitiva implantación de la doctrina gramatical del venezolano en los calcáreos espacios de la imperturbable tradición gramatical española, rectora de todas la iniciativas desde los primeros períodos de estudio de la lengua. Serían muchos los nombres y los estudios que habría que invocar para cumplir con este cometido. Sin embargo, algunos serán, aunque nunca en detrimento de los otros, los que parecen marcar el rumbo de la investigación historiográfica en relación a la situación bellista. Un acuerdo destaca a Amado Alonso como el estudioso que ubica, ya definitivamente, a Bello en los espacios de la historia de la lingüística. Resulta de la escritura de la magistral «Introducción a los estudios gramaticales de Andrés Bello», con la que se abre el cuarto tomo de las Obras completas, correspondiente a la «Gramática», en la edición caraqueña patrocinada por el Ministerio de Educación, en 1951. Alonso no sólo ha indagado en las raíces del pensamiento gramatical de Bello, colocándose a la cabeza de una estirpe de estudiosos que adensarán estas investigaciones (vid. supra), sino que pretende establecer una prospectiva sobre la significación que Bello tuvo en corrientes ulteriores de enorme significación en la evolución de las ideas lingüísticas. Con este gesto, propone más de un acuerdo con el padre de la lingüística moderna, el autor del prodigioso Curso de lingüística general (1916), el ginebrino Ferdinand de Saussure (Alonso 1951). La vocación de Alonso, como vemos, no sólo hace posible algunas interpretaciones historiográficas para la lingüística de Bello, sino que ilumina un productivo trayecto por el que se orientarán otros estudios (v.g. las lecturas argentinas de Ana María Barrenechea y de Mabel Manacorda de Rossetti).
Una de las brechas alonsinas será la del establecimiento de las conexiones de Bello con la lingüística de su tiempo. Aporta sugestivas relaciones entre Bello y Wilhelm von Humboldt y entre Bello y Rasmus Rask; nombres y apellidos miliares para la constitución de la ciencia decimonónica del lenguaje. Siguen a Alonso en estas hipótesis, dos analistas españoles más modernos: Carlos Clavería y Josefa Dorta Luis7. En sus respectivos estudios: «La Gramática española de Rasmus Rask» (1946) y Sistema temporal del verbo español en la Spanks Sproglaere de Rasmus K. Rask. Semejanzas con el de Andrés Bello (1989). Ambos autores, con mayores o menores evidencias comparativas, vienen a demostrar paralelismos muy reveladores entre el complejo sistema de la nomenclatura de los tiempos de la conjugación de Bello y el esbozado por Rask, uno de los padres de la filología comparada del siglo XIX, el Franz Bopp de Dinamarca, tierra de lingüistas.
La contribución gigante de Pedro Grases, el más eximio de los bellistas venezolanos, abre nuevos capítulos de encuadre y situación del Bello lingüista. Debemos a Grases, no sólo el empuje sistemático por el estudio del gramático y filólogo, sino los primeros hallazgos del científico de la lengua que Bello fue desde sus primeros años caraqueños. El estudio de Grases sobre la versión del Arte de escribir, de Condillac, que Bello elabora en 1824, años de estudio impenitente que han llevado antes a la composición del Análisis ideológico de los tiempos de la conjugación castellana (1841), permite asentar una de las primeras datas en la historia de la moderna lingüística nacional. Además, Grases se ocupará de ahondar en la faceta del Bello filólogo que, desde su productivo retiro londinense, estudia en profundidad el monumento de los monumentos de la lengua y literatura española: el Cantar de Mio Cid; el más indiscutible precursor de los trabajos del gran Ramón Menéndez Pidal. Grases, además, delineará los itinerarios bellistas en las obras más nobles de la lingüística venezolana y en la nómina más honorable de los gramáticos venezolanos del siglo XIX: José Luis Ramos, Juan Vicente González, Rafael María Baralt y Cecilio Acosta. Para lograrlo hará calzar en la figura de Rufino José Cuervo, el más persistente difusor decimonónico de la doctrina de Bello en Europa (al que le debemos, entre otros aciertos, la presencia de Bello en la ciencia neogramática y romanística), como si de un nuevo Andrés Bello se tratara, el aporte del propio Bello gramático y los de González y de Baralt; gramático el primero, lexicógrafo el segundo. Queda así alcanzado, en ese prodigio del ensayo lingüístico venezolano que es: «Don Rufino José Cuervo, conjunción de tres filólogos venezolanos» (1945), una lectura orgánica de la lingüística venezolana en el entorno de la historia de la lingüística americana.
Como en el caso de Grases, Ángel Rosenblat propone el estudio de las ideas ortográficas en Bello y la consideración de ellas en el terreno de la historia de la gramática española en uno de los estudios más notables que se escribieran en el siglo XX: «Las ideas ortográficas de Bello», que sirve de prólogo a los «Estudios gramaticales», tomo V de las Obras completas, de 1951.Asimismo, Rosenblat buscará entender la vigencia del pensamiento del Bello lingüista y ofrecer una mirada al panorama histórico en donde ella nace y fructifica en dos libros que hacen historia en nuestros estudios sobre la reflexión lingüística: El pensamiento gramatical de Bello (Caracas: Ediciones del Liceo «Andrés Bello», 1961) y, especialmente, Andrés Bello, a los cien años de su muerte (Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1966).
Siguiendo los pasos de Alonso, Grases y Rosenblat, muchos y nuevos autores alcanzarían lecturas reafirmativas en tiempos más recientes. En este punto, quisiera hoy destacar la contribución del bellista norteamericano Barry L. Velleman, catedrático de la Universidad de Wisconsin. Busca propiciar uno de los encuadres más documentados que conozcamos sobre el origen del pensamiento gramatical de Bello (en la misma línea de Juan David García Bacca, Emma Gregores, Arturo Ardao y Alicia Yllera) en los espacios de la historia de los estudios gramaticales previos y posteriores a Bello. A este respecto, serían cinco las piezas claves que componen la magistral lectura de Velleman: 1) The Gramática of Andrés Bello: Sources and Methods (Tesis doctoral, 1974); 2) «El influjo del Empirismo inglés en el pensamiento gramatical de Bello» (Thesaurus, n.º 1, 1976); 3) «Bello, Bull y el sistema verbal del español» (Thesaurus, n.º 2, 1977); 4) «Structuralist theory in Bello’s gramática» (Hispanic Review, n.º 46, 1978); y 5) «Bello gramático: modernidad del enfoque sintáctico» (Bello y Chile. Tercer Congreso del Bicentenario. Caracas: La Casa de Bello, Tomo I). En otro orden de estudio, el más reciente trabajo bellista de Veleman, erudito en demasía, ofrece un estudio sobre la biblioteca de Bello en Chile y sobre la significación de las piezas bibliografías que albergaba, rastro revelador de la vocación lingüística del sabio: Andrés Bello y sus libros (Caracas: La Casa de Bello, 1995)8.
El camino de estudio que Velleman cierra había sido ensayado con notable solvencia por toda una escuela de maestros de la que él representa el último estadio. Muy tempranamente, desde 1947, quedaba inaugurado por Juan David García Bacca con una serie de imprescindibles artículos: «Filosofía de la gramática y gramática universal según Andrés Bello» (Revista Nacional de Cultura, n.º 65, 1947); «Teoría filosófica del lenguaje en Bello y en la Semiótica moderna» (Revista de Cultura Universitaria, n.º 19, 1950); «La filosofía del espíritu de Andrés Bello» (Revista Nacional de Cultura, n.º 80, 1950); y «Condillac-Berkeley y Bello» (Revista Nacional de Cultura, n.º 89, 1951). Continuarían al filósofo, en esa búsquedas sobre el origen del pensamiento gramatical de Bello: Emma Gregores: «Las raíces del pensamiento gramatical de Bello» (Andrés Bello. Estudios reunidos en conmemoración del Centenario de su muerte (1865-1965). La Plata: Universidad Nacional de La Plata, 1966); Arturo Ardao: «La iniciación filosófica de Bello. Su Análisis ideológico de los tiempos verbales» (Bello y Caracas. Primer Congreso del Bicentenario. Caracas: La Casa de Bello, 1979); y Alicia Yllera: «El verbo en Andrés Bello: originalidad y tradición» (Bello y Chile. Tercer Congreso del Bicentenario. Caracas: La Casa de Bello, Tomo I). Otras vertientes de la obra gramatical de Bello, no dejarían de interesar a otros estudiosos: Henk Haverkate: «Los estudios gramaticales de Bello y la teoría de los actos verbales» (Diálogos hispánicos de Ámsterdam. Anuario del Spaans Seminarium, Universiteit van Ámsterdam, n.º 3, 1982; Homenaje a Andrés Bello en el Bicentenario de su Nacimiento).
Desde ángulo diverso, aunque en arribo de similares conclusiones, vendría a participar de esta discusión un pequeño ensayo que el escritor argentino Ernesto Sábato consigna en su libro: La robotización del hombre y otras páginas (1981). Titulado: «Homenaje a Andrés Bello», propone un encuadre sobre la significación lingüística y cultural de Bello. Quiere entenderla en la dimensión pariente con la teoría de la «forma interior del lenguaje» de Guillermo de Humboldt: «Bello había estudiado filosofía y ciencia en Londres, era (dicen) frío y sistemático, científico y riguroso. Pero también era un genio (el adverbio sic me produce gracia) y como tal un creador, un irregular, con ideas propias y fecundas. No sé, no soy un especialista, pero me parece que su concepción del lenguaje es asombrosa, para un hombre que como él tuvo que trabajar casi solo; y que en muchos sentidos lo vinculan a Humboldt, para quien esa actividad del espíritu no es ergon sino enérgeia; no producto sino actividad, energía en perpetua transformación» (Sábato 1981: 146-147)9.
Representando una corriente española de neobellismo, sólido y muy moderno, no podría dejar de destacar los trabajos de dos investigadores españoles más: Francisco Abad Nebot y Ramón Trujillo. El primero, pretendería centrar a Bello en los paraísos de la historia de la lingüística, así como en los infiernos de la historia social y cultural, en una extensa y original gama de estudios: «Andrés Bello en la historia social del pensamiento» (Revista de Indias, n.º s. 147-148, 1977); Historia de la lingüística como historia de la ciencia (Valencia-España: Fernando Torres-Editor, 1976); Lengua española e Historia de la lingüística (Madrid: Sociedad General Española de Librería, 1980); «Prefacio» (en Andrés Bello: Gramática de la lengua castellana. Madrid: EDAF, 1980); «Idea de las categorías gramaticales en Andrés Bello» (Bello y Chile. Tercer Congreso del Bicentenario. Caracas: La Casa de Bello, 1981). El segundo de estos autores será el artífice de un prodigio: la edición de la Gramática de Bello según las variantes de todas y cada una de las cinco ediciones cuidadas por el propio gramático, desde la primera de 1847 hasta la quinta de 1860. El investigador canario, docente de Liceo durante muchos años en Venezuela, produce un estudio de esmerado espíritu filológico con la obra mayor de la lingüística americana, para determinar, no sólo la simiente ultra-desarrollada de la investigación de Bello, obstinado en la precisión de los conceptos y ejemplos, sino la significación que para la historia de la lingüística continental arrojaban los cambios doctrinarios introducidos por Bello en cada una de las ediciones de su obra maestra. Se trata de albergar en una edición las variantes de todas las ediciones. El «Estudio preliminar» de Trujillo atesora toda esta riqueza de alternativas analíticas, hasta ese momento nunca ensayadas. Desde España, pocas veces el moderno bellismo había alcanzado tal entrega y producido tal fascinación (Gramática de la lengua castellana. Santa Cruz de Tenerife: Instituto Universitario de Lingüística Andrés Bello/ Aula de Cultura de Tenerife, 1981. Edición crítica).
Las últimas décadas de estudio y la situación actual del bellismo han venido a alimentar nuevas esperanzas en torno a la aceptación y estudio en profundidad de lo que la historia de la lingüística y de la gramática en particular deben a este coloso de la ciencia hispánica del lenguaje. Desde Caracas, nuevamente, volverán a irradiarse los mayores estímulos para el estudio historiográfico del lingüista Andrés Bello. De indiscutible acierto, el grueso de trabajos dedicados a estas materias en los cuatro Congresos Bicentenarios organizados por La Casa de Bello, bajo la conducción apasionada y equilibrada de los primeros bellistas venezolanos: Rafael Caldera, Pedro Grases, Edoardo Crema, Pedro Pablo Barnola y Óscar Sambrano Urdaneta, entre otros. Además, las lecturas más recientes para apreciar en mirada historiográfica la significación de Bello y su contribución en la factura de la disciplina lingüística en sus dimensiones venezolana, hispanoamericana, española y universal, y casi siguiendo esta misma secuencia. Tendrían que mencionarse los estudios de: Luis Álvarez: «Una explicación transformacional al problema de la subordinación adjetiva en el modelo gramatical de Andrés Bello» (Dos ensayos de lingüística. Caracas: IUPC, 1981);Jesús Olza Zubiri: El trazado científico de la Gramática de Bello (San Cristóbal: Universidad Católica del Táchira, 1984); Luis Quiroga Torrealba: Tres lingüistas de América. Andrés Bello, Ángel Rosenblat, Amado Alonso (Caracas: FEDUPEL, 2003); entre otros trabajos menores.
Dos vindicaciones que, en cierta medida, vienen a suavizar la situación de inadvertencia bellista en las historias de la lingüística, podrían coronar nuestro estudio. Se trata, respectivamente, de la presentación de la contribución gramatical de Bello, en consideración histórica, en dos obras venezolanas dedicadas a la historia de la disciplina lingüística, una para satisfacer la perspectiva general y, otra, la regional, de la ciencia del lenguaje. Me estoy refiriendo, primero, a la primera incorporación de la figura de Bello en los espacios de la historiografía lingüística en la obra de Fernando Arellano. Efectivamente, el tomo primero de la Historia de la lingüística de este autor, publicado en 1979, por la Universidad Católica Andrés Bello, dedica un capítulo completo a estas reflexiones. Lleva por título: «Un filólogo hispanoamericano: Don Andrés Bello» y en él se describen los méritos del gramático caraqueño y, más aún, se establecen las coordenadas históricas que hacen posible entender su ubicación dentro de la historia de esta ciencia. La segunda de las vindicaciones que proponemos, vendrá a determinar el lugar que el Bello gramático ocupa en la trayectoria de la lingüística venezolana. Correrá en el extenso capítulo central, titulado: «Teoría de la gramática y concepción pre-estructuralista en la Gramática de la lengua castellana de Andrés Bello»10, en la Historia de la lingüística en Venezuela (1988), de Francisco Javier Pérez, publicada por la Universidad Católica del Táchira11. Asimismo, el primero de estos historiadores participará en otra realización de espíritu histórico, al colaborar con un estudio sobre «La ideología de la Gramática de Bello», en el homenaje que La Casa de Bello rindió a esta obra en el sesquicentenario de su publicación, y en el que participaron, también, Rafael Caldera, Pedro Grases, Ramón Trujillo y Edilberto Cruz Espejo: A los 150 años de la Gramática de Andrés Bello (1847-1997) (1998).
Más recientemente, nuevos enfoques han venido a proponer relecturas, ahora culturalistas, de la obra del gramático caraqueño. Me referiré sólo a dos que considero ejemplares. En primer lugar, al esclarecedor estudio: «Las disciplinas escriturarias de la Patria: constitucones, gramáticas y manuales» (1995), de Beatriz González Stephan, en donde el texto gramatical de Bello es entendido eslabonadamente, en correlación con otras modalidades textuales (constituciones y manuales de urbanidad), como participación en los procesos de fundación del concepto de nación durante el siglo XIX y sobre la presencia que en ellos tienen los códigos de prohibiciones y las cartas disciplinadoras, como hubiera querido el Michel Foucault de Vigilar y castigar (1976): «Cada una en su especie, constituciones, gramáticas y manuales son discursos fundacionales de fronteras. Su propio lenguaje está forjado a partir de la prohibición» (González Stephan 1995: 34). La investigadora viene a demostrar como en la gramática de Bello se cumplieron las metas de este complejo proceso de construcción. Sería la primera vez que la obra de este lingüista (por no decir la de un lingüista venezolano) resulta evaluada desde estas directrices, tan ajenas hasta ese momento en la historiografía lingüística general (la excepción para estos enclaves estaría identificada en Orientalismo, de Edward Said, en 1978, que bajo esta óptica explora la obra de los orientalistas lingüísticos del siglo XIX). Para González Stephan, Bello ejerce el rectorado de este modelo disciplinario a tres voces12. En segundo orden, una obra que habla del orden y de los órdenes en Bello: Andrés Bello: La pasión por el orden (2001), de Iván Jaksić. Dedica, al menos, cuatro apartados a los tópicos lingüísticos en Bello («La investigación filológica», «El estudio del idioma castellano», «La Gramática de la Lengua Castellana», «Gramática, filosofía y leyes» y «El castellano medieval»). La idea de que la lengua y las leyes constituyen una misma entidad de codificación parece ahondar en los principios disciplinarios escriturarios, ya gestionados por González Stephan. Una y otra vez, Jaksić reinsiste en una interpretación vinculante de las significaciones de la obra de Bello y no en la gastada exposición de aportes disciplinarios aislados, asuntos de las primeras generaciones de bellistas (Jaksić 2001: 20). Con toda seguridad, será ésta, más allá de los espacios centrados en disciplinas de estudio específicas, la pauta para las nuevas aproximaciones a los problemas de una lingüística cultural de la obras de Bello y a partir de ella.
En conclusión, habría que señalar que a pesar de los progresos más recientes de las investigaciones, aún no se ha alcanzado el escalafón necesario que haga posible determinar, desde la óptica de los estudios historiográficos generales de la lingüística, el lugar que a Bello le corresponde en la evolución de esta disciplina y en el avance que, indiscutiblemente, su obra contribuyó a aumentar en proyección de modernidad. Lamentablemente, siguen siendo Bello y su obra de científico de la lengua ignoradas o inadvertidas para la generalidad de los historiadores de la lingüística en Europa y Norteamérica. Sin que esto se traduzca en un reclamo, del que tampoco estamos muy seguros de necesitar para calibrar la aquilatada categoría del Bello lingüista, sí sería provechoso para el progreso de las investigaciones en torno a su alta figura de filólogo y de gramático de un mundo nuevo, su propicio ingreso en el saldo de las realizaciones clave de la lingüística universal; ámbito en el que, sin duda alguna, tendrá que entrar, irrenunciablemente, algún día.