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La televisión
El guión en la televisión
Carlos Illescas
Poeta
Guatemala.
Carlos Illescas

De los medios de comunicación de masas, la televisión es, sin duda, el que captura principalmente la atención de un público hecho a todo cuanto pueda serle útil, sin que le exija, a cambio, esfuerzo alguno.

La televisión es el resumen de otros medios en los que la comunicación es necesidad, ejercicio del ocio y acompañante sumiso en la sociedad, la misma que hoy refleja el espectro de un mundo cada vez más deshumanizado.

Su labor, no siempre meritoria y al mismo tiempo no siempre condenable, parecería indicarnos que no sabremos hasta dónde llegará en sus alcances constructivos o deformantes: ser entretenimiento inscrito en el entretenimiento mismo; adoctrinamiento machacón de mensajes manifiestos o insidiosamente disimulados; invitación en nombre de la modernidad a la práctica de usos y costumbres alojados en el mal gusto, en las deformaciones éticas que inducen ilusorias valoraciones (con cuenta en este o aquel banco) de la realidad maquillada por el colonialismo.

Así la televisión, al mismo tiempo que proporciona espiritualidad en imágenes y palabras, también nos conduce a un octavo círculo dantesco, en donde se hallan: el mal gusto, la hipocresía del falso casticismo, vale decir el imperio de lo soez aceptado a título de pluralidad democrática por obra de una lengua acometida a la servidumbre.

Como ha quedado dicho, la lengua española es la más gravemente lesionada, muchas veces a ciencia y paciencia de las instituciones obligadas a cuidar de su decoro. Las medidas tomadas para precaver y enmendar dichos males no han surtido el efecto deseado y a ello se debe que la televisión, ¡escúcheseme bien!, no pueda regirse por guión alguno y sí por lo requerido en los géneros ahora tributarios suyos, como la radio, el cine, el periodismo, entre otros medios.

Lo sabemos. En efecto, el cine aporta su instrumental filmodramático en abundancia, sobre todo en la floreciente industria de las telenovelas.

La radio proporciona las categorías de la descripción narrativa, cercana al reportaje y, en manera más distinguible aún, el orden de los diálogos, parlamentos y monólogos. Asimismo aporta la elaboración de las acotaciones precisas dirigidas al director, a los actores, al ingeniero de sonido y, muchas veces, a los responsables de la iluminación y el sonido.

La literatura como tal, por su lado, proporciona las técnicas descriptivas, en todo caso el discurso narrativo relacionado, bien salta a la vista, con el folletín, así como con las recreaciones puramente verbales complementarias de la imagen. En el fluir de diálogos, parlamentos y monólogos, su importancia es invaluable.

La expresión visual (periodismo, plástica a título de lenguajes y sublenguajes) recorre todas las formas de la fotografía por ser ésta la gran animadora de todo cuanto los otros géneros aportan, desde la descripción puramente óptica hasta la recreación estética de objetos, personas y cosas que han pasado a ser motivos contemplables y degustables.

En fin, la televisión no existe como género independiente regido por leyes propias, porque éstas descansan como lo expresamos (en un exceso de prontitud) en la radio y el cine.

Evaluados los argumentos que anteceden sobre tan quisquilloso particular, los pasos nos han llevado a centrar un intento de conclusión en el hecho de que el nombrado guión es, antes que cualquiera otra cosa, síntesis cualitativa de otros muchos medios de comunicación de masas que se realiza plenamente en el seno de la televisión.

Y así dispuestas las cosas, esta ponencia más que tratar la descripción analítica y crítica del guión televisivo, aspira al aprovechamiento de los contenidos cualitativos que le son propios a fin de fortalecerlos y variarlos, yendo, mediante los oficios de la lengua española, a la realización del humanismo y, en el caso, la humanización de este instrumento que cuenta con millones de adictos.

El ponente propone la creación de programas que difundan la importancia de nuestra lengua. Para tal efecto, sugiero temas en los cuales el interés sea igual a la carga de entrenamiento en los temas tratados.

El teleespectador vería con agrado programas dedicados a la paramiología. Marcharía sonriente por los infinitos caminos del refranero. Todo lo movería el buen humor en la misma medida que se descubre la sabiduría de cada día puesta en labios de todo el mundo. Invito a imaginar la iconografía requerida al caso o la actuación de actores inmersos en nuestra mejor literatura.

Una o varias series dedicadas a revelar los orígenes de los cuentos populares a partir de la alta Edad Media y cómo han llegado hasta nosotros a veces transformados en productos estético literarios de primer orden: Sandebar, Calila e Dimna, pasando por Timoneda, hasta nuestros atentos folcloristas. También, el origen de los gentilicios, en el que tanto tiene que ver el Romancero, uno de nuestros mayores tesoros.

La conmemoración de efemérides tendría un tratamiento muy especial, porque requeriría actores que pondrían en acto la acción dramática y, sobre todo, usos fonéticos correctos, tan confusos hoy en día.

Programa diccionario de sublenguajes. En forma comparativa confrontar términos procedentes de la Genermanía, el Caliche mexicano y el Lunfardo argentino, entre otras formas de expresión igualmente cargadas de interés.

En fin, las posibilidades de fortalecer y enriquecer los contenidos del guión cualitativo son muchas y por dicha causa abrigo la esperanza de que algunas de estas sugestiones, puestas bajo la advocación de la lengua española, sean realizadas, toda vez que contienen indicaciones (no del todo impertinentes) de cómo entretener y educar a un público que, sin pagar nada, le hallará el sentido de amenidad al humanismo puesto al servicio de la, por un lado, vilipendiada, y por el otro, alabada, televisión.


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